VIAJERO QUE HUYE
Tatiana Lobo
En su primera intención la literatura invita a un juego entre dos personas: la que escribe y la que lee. El texto original está sentenciado a ser contaminado por una o un desconocido que a su vez re-crea, re-escribe, re-inventa. Con el paso del tiempo hasta el mismo autor se lee con un sentimiento de extrañeza, sus palabras no han sufrido ninguna alteración, quién cambió con el paso del tiempo, es él. Cada lectura es un acto nuevo y diferente, no hay nada inmutable en esta vida.
Huir suele ser un acto de cobardía pero a veces no queda más remedio. Las y los lectores de buen saber y entender huyen de los prejuicios que, como piedras en el cerebro, impiden el libre tránsito de la imaginación y el pensamiento. La perversidad de los prejuicios es que mudan de piel y de forma según cambian los tiempos.
Desafiar a los prejuicios es peligroso, más cuando se trata de prejuicios morales. A Uriel Quesada le sucedió que uno de sus cuentos, publicado en el periódico La Nación, provocó tal escándalo que si estuvieran encendidas las hogueras de la Inquisición lo tendríamos aquí completamente carbonizado. Ese cuento forma parte de otro de sus libros, Lejos, tan lejos, y tiene un título neutro, Bienvenido a tu nueva vida. A mí me parece un palimpsesto, la palabra nueva escrita sobre la palabra doble, de modo que también puede leerse “bienvenido a tu doble vida”, título muy adecuado para un cuento que narra la aventura homosexual de un recién casado.
Las y los lectores chauvinistas, homofóbicos, misóginos y racistas verán en los cuentos contenidos en Viajero que huye un peligro para el precario y estrecho refugio de sus miedos. Un peligro porque las miradas que se abren al horizonte de la diversidad y se asoman bajo la alfombra que esconde las hipocresías, desestabilizan al sistema patriarcal y a su paradigma macho, blanco, hétero.
Este es un libro de miradas fisgonas que van y vienen. Me gustó particularmente Retrato hablado precisamente porque aquí los ojos son los protagonistas, la acción y el hilo conductor. Retrato hablado sucede en un café en el que se encuentran el narrador, un dibujante y una pareja. El dibujante no sabe que es observado mientras dibuja a un modelo cuya identidad ignora el narrador, el que a su vez tampoco sabe que alguien lo observa. Por su parte la pareja, embebida en su mismidad, ignora los ojos que la circundan. Los lectores, por su parte, obligados por el autor a fragmentar sus miradas, solo alcanzan la totalidad del conjunto al puro final.
Las miradas de los personajes de Viajero que huye se cruzan, entrecruzan, y con mucha frecuencia, de soslayo, se escabullen. Hay miradas suspicaces cargadas de malos entendidos; las hay provocadoras, morbosas y ansiosas; y las hay también solitarias, angustiadas, dolorosas. Por encima de todas, el ojo del autor, compasivo a pesar de su aparente cinismo, gravita sobre los conflictos de las y los migrantes. Uriel Quesada, al englobar en la categoría “extranjero” a todas las víctimas que produce el miedo a la alteridad , señala el ghetto de las fobias. Desde lejos las víctimas de las fobias se ven monocromáticas pero al acercarnos se aprecian las contradicciones, sombras y manchas causadas por la exclusión, la enajenación y pérdida de identidad.
Un cuento que tiene un tratamiento muy original, es Arriba, abajo, al lado. Se trata de un zafarrancho provocado en la calle por un grupo de fanáticos religiosos que lanzan apocalípticas miradas hacia un bar gay que responde con miradas asustadas. Mientras esto sucede abajo, arriba, ante las ventanas abiertas de su apartamento, un individuo entre patético y siniestro se desnuda para acaparar todas las miradas. El narrador,sentado en un punto equidistante, obliga a los lectores a mirar, como en un teatro circular, –o más bien triangular- el escenario donde los puritanos, los pecadores y el solista giran representando cada quien su papel.
Hay muchas mujeres en estos relatos, observadas con cuidado y descritas con veracidad. Merecen un comentario aparte. Pero si ahora me detengo en ellas no me quedará tiempo para otros aspectos de este libro que me gustaría comentar. Señalaré nada más una frase muy corta y muy explícita que aparece al comienzo del primer cuento, Todos los poetas muertos. La protagonista, una talentosa mujer subordinada a la mediocridad de su marido, lee una nota luctuosa en el periódico que dice lo siguiente: Murió Yolanda Oreamuno. Fue reina de belleza y también escribía.
En la segunda parte del libro, Los territorios ausentes , Uriel Quesada repite el contrapunto del aquí y el allá, la ausencia y el retorno, contradictorias nostalgias ya desarrolladas en su novela El gato de sí mismo. Aclaroque repite sin repetirse porque el tratamiento es diferente. Pero en las dos obras el presente es tránsito. La vida como tránsito es la del migrante y también la del creyente religioso. Para el autor este tránsito, sería “un viaje hacia otros territorios, hacia otros cuerpos, hacia todos los cuerpos”
Viajero que huye puede parecer una radiografía pesimista de la frontera, el outsider, la marginalidad del exilio. Al fin, (tal parece la conclusión), de alguna manera todos somos migrantes, todos somos viajeros, todos huimos. Pero no todos, existen excepciones. En el cuento La multitud aparece una mujer emblemática. Este maravilloso personaje, Lyla Alonzo, mulata de Nueva Orleáns, personaje secundario, debería haber tenido su propio cuento. Lyla no viaja ni huye, le parece inconcebible abandonar la calle que contempla todos los días desde el corredor de su casa. Esta mujer sesentona tiene un pasado rebelde, en los años cincuenta fue una de las primeras en lanzar por la ventana del tranvía las barreras que separaban los asientos de los negros de los asientos de los blancos. El acto reivindicativo de Lyla señala el camino para los apátridas del patriarcado. Es necesario lanzar por la ventana las barreras de la discriminación para que las marginalidades, todas, se empoderen de su espacio vital.
Por falta de tiempo no puedo detenerme en otros cuentos de igual calidad que los comentados. Pero quisiera señalar que Uriel Quesada no es del tipo de escritor efectista que busca impresionar a sus lectores con juegos pirotécnicos . Al contrario, yo siento que con ahorro de recursos apela a la consciencia para crear la atmósfera adecuada antes de hacernos co-partícipes del relato, de manera que cuando estalla el conflicto ya cuenta con nuestra colaboración. Su estrategia, bien calculada, aromatizada con sabias dosis de humor, consiste en soltar los hilos de uno en uno con el fin de que participemos en el proceso de anudar y desanudar, de enmarañar y desenmarañar la trama. O, en otra forma, el tono esperpéntico del cuento Arriba, abajo, al lado, que ya mencioné, permite que la confrontación de los opuestos se presencie con distanciamiento brechtiano y se admita de buena gana el irónico guiño final.
Viajero que huye explora los repliegues de la condición humana; desenmascara el miedo que se agazapa detrás de las convenciones sociales; ahonda en el drama de la exclusión y revela las deformaciones y envilecimientos que el poder hegemónico irradia hacia la periferia, entendida la periferia como sinónimo del exilio, de todas las formas de exilio.
En Viajero que huye se esconde, un poco avergonzada en estos tiempos de nihilismo salvaje, la utopía. Me refiero a la utopía de la diversidad, de la convivencia armónica entre los diferentes sujetos que constituimos la colectividad humana. Las utopías son deseos. Así, para quién no tenga prejuicios contra los deseos, este libro de Uriel Quesada, además de sus evidentes méritos literarios, es optimista.