Premios Nacionales desiertos Cuento y Novela

En esta semana se entregaron los premios nacionales y el mundo literario está indignado por declararse desiertos la categoría de Cuento y Novela. Lean las opiniones de Dorelia Barahona, Eduardo Muñoz, José Ricardo Chaves, Warren Ulloa, Guillermo Barquero, Manuel Delgado, Juan Murillo, Alexander Obando, David Cruz, Geovanny Debrús, La Escafandra y demás. Y conozca las declaraciones que dio la jurado Dlia Mcdonald al respecto ese mismo día.
   

La jurado Dlia MAcdonald dice: Llegaron obras con mucha calidad, pero fue una decisión grupal, no hubo una obra
que nos hiciera sentir llamativo. Era obra como repetitiva, que no aportaba nada nuevo, era violenta,
que no se integraba a los estandares de calidad que el mismo ministerio promueve. Hbian autores que ni siquiera
se sabia que estaban planteando.

Muchos autores no sabian la diferencia entre una cosa y otra en primer lugar. No se deseaba favorecer a nadie,
no queriamos que luego en las redes y en internet se dijera que se lo dimos a gente que no lo ameritaba.


Búsqueda de explicaciones, y respuesta de jurados


Clubdelibros envió a los jurados más preguntas porque muchos del mundo del lbro necesitaban explicaciones más alla de una frase:
Ell cuestionario fue:
Hola señores del jurado premios nacionales en literatura:
Como ustedes saben hay mucha expectativa y existen muchas manifestaciones de indignación , sorpresa y desasociego con respecto a la declaratoria de desierto en las categorias de cuento y novela. Por lo que mi labor de periodista y representante del mundo literario, (que es el que más está conmocionado), me hace pedirles por favor les respondan a los lectores las siguientes preguntas: FAVOR CONTESTARLAS AQUI LO ANTES POSIBLE:
 
¿Por qué declarar desierto Cuento y Novela en estos premios nacionales? 

¿Bajo cuáles criterios técnicos se consideró declarar desiertos los premios?

Sabe usted que la ley lo que dice es que entre todas las que se mandaron habia que elegir "la mejor"? por qué no lo hicieron asi?

¿Por qué dar una mención honorifica y no un premio, en el caso de Guillermo Barquero?

Que pasó con libros como el de Antonio Yglesias, el de Polo Moro, el de Froilán Escobar, el de Rafael Cuevas, Guillermo Barquero, por qué no premiarlos?

Esta fue una decisión unánime?, los tres jurados pensaban desde un princiio declarar desierto?

Esta es una cachetada? un insulto al medio literario? un signo de prepotencia? como algunos lo han estado diciendo en internet?

Algo más que agregar?
 
Gracias
Evelyn Ugalde
Clubdelibros


y estas fueron las respuestas de los jurados para con ustedes lectores:
Dlia Mcdonald dijo: que ya no se iba a prestar más a "jueguitos" que las preguntas parecen de plaza sésamo y que no está obligada a dar más explicaciones.
Laurencia dijo que ella no iba a contestar a esas preguntas porque eran como para una "tesis" y que ya todo estaba explicado en el fallo (una frase).
Jose Hernández ni siquiera respondió a nuestras constantes llamadas....

 Más sobre esta controversia: http://www.redcultura.com/php/Articulos0.htm


OPINIONES:

El desprestigio de los premios nacionales

Eduardo Muñoz, Periodista Cultural

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 La declaratoria de los premios nacionales nos deja de nuevo un sinsabor y nos demuestra la falta de rumbo de la política cultural nacional, que se caracteriza por una ausencia de un proyecto de Estado a largo plazo.  Se llenan decenas de páginas de informes gubernamentales con detalles estadísticos que poco nos dicen del verdadero impacto que tienen las acciones ejecutadas desde los olímpicos despachos.  Por eso, no es de extrañar que se olvide la función de los premios nacionales costarricenses es estimular la creación, motivar la discusión fructífera sobre tendencias creativas y dar un reconocimiento a quienes nos legan algo de su talento. 

Sin duda, algunas obras serán excelsas, otras no tanto.  Pero no puedo creer, que en un año tan prolífico no hubiese publicaciones dignas del reconocimiento para mejores novela y cuento.  Es claro que el trabajo de un jurado es intenso, pero decir que ninguna no es merecedora de un galardón de parte del pueblo es algo que no entiendo.  Uno asumiría que el premio es para la mejor obra del año, pero pareciera que los jurados tienen otro criterio.  ¿Será acaso que los respetables jurados comparan las obras de un año con las producidas hace dos, cinco o 10 años atrás, o con las producidas en Europa, Estados Unidos, Asia u Oceanía? ¿Es ese el mecanismo de selección?  ¡Qué alguien me explique para que me ilumine en mi mar de ignorancia!

El desprestigio de estos galardones y las declaraciones de los jurados, a manera de expertos críticos literarios de ámbito universal, es una llamada de atención para cambios.  Lo sucedido este año solo manifiesta la necesidad de repensar la función de los premios nacionales, incluidos el Magón y el de la mal denominada “cultura popular” –de paso, me parece trasnochada la división entre magones y hacedores populares-.

La periodicidad, la forma de convocar a los autores y la manera de elegir los jurados deben replantearse para que los Premios Nacionales de Cultura vuelvan a ser un verdadero estímulo.  Incluso, propongo que tras las declaratoria de los ganadores se organice un plan nacional para difundir sus obras, remontar gratuitamente las obras teatrales ganadoras; es decir, montar toda una “mercadotecnia cultural” alrededor de estos reconocimientos con el fin de exaltar a nuestros creadores, cuya única paga será que su pueblo los coloque en el lugar que se merecen porque todos sabemos que en Costa Rica nadie vive del arte.

Sino reformamos la ley de premios nacionales, mejor los eliminamos.  Pero el hacerlo, sería ignorar que Costa Rica es una nación con una vasta producción editorial, miles de músicos, pintores, escultores, bailarines y una decena más de actividades que reflejan el espíritu de nuestro pueblo, que cada día nos alimentan el espíritu nacional.

 


 

El arte de lo chiva y la literatura no premiada
Dorelia Barahona

Los músicos se presentan, dan clases, giran y venden sus productos, los bailarines tienen festivales, colocan funciones, colaboran con el teatro y participan de las ayudas estatales, los pintores hacen exposiciones, tienen marchantes, agentes y galerías que los comercializan. Los actores son contratados y las puestas de teatro venden sus funciones ¿ y los escritores?

Los escritores tienen un premio anual. Eso es todo. Puede que terminen escribiendo guiones para vender, pero si se dedican a la literatura, a lo más que pueden pretender es a ser publicados por alguna editorial que nunca comercializara los libros como debería, estar incluidos en las lecturas educativas, o en el mejor de los casos a ganar el premio de la UNA o el de la ECR o algún otro de bajo presupuesto. Fuera de eso no hay becas para escribir ni soportes estatales para que sean fortalecidos los procesos creativos.

Ser escritora o escritor en Costa Rica sigue siendo  parte de la vieja receta en donde primero se es político, abogado, periodista o rico y viejo que se da el gusto de escribir en los ratos libres.

Pero los escritores y las escritoras, para escribir bien tenemos que vivir, sentir, oler, trabajar la literatura las horas de las horas, para que lo que escribamos sea arte. Verdaderamente arte que prometa mundos nuevos. Lograr tal condición solo es posible como resultado de vivir en un entorno en el que seamos legitimados como oficiosos de un arte serio.

Declarar desierto este año los premios nacionales en cuento y novela ( y aclaro que no tenía obras participando este año), más allá del amiguismo y el nombramiento de jurados débiles curricularmente, es sinónimo del abandono, el desinterés y la ignorancia que se tiene por los escritores nacionales y la historia de los procesos literarios ticos.

Los medios de comunicación tienen su parte al exaltar el culto al espectáculo farandulero, a las modelos, las parrandas, las situaciones morbosas y chavacanas, que venden las borracheras de fulanito, la ignoracia de sutanito y la belleza de la marqueza, cuando deberían vender la historia de su propio pueblo. En medio de todo esto nos educan a que nos aburramos con los discursos cuando emplean más de tres conceptos, porque solo nos interesan las imágenes chivas, la música chiva, los políticos chivas. El cine, lo audiovisual y la pintura chiva.

Por lo tanto la literatura, esa hilera de palabras sentidas y expresadas desde lo más profundo de la mente de quien escribe en silencio, se vuelve algo muy escaso  de valor en el mercado de la industria cultural sino es chiva. Por el momento solo cal y nada de arena para los que escribimos en este país. Y si quieren saber que es chiva, cualquier mae puravida lo sabe.


Warren Ulloa

No quiero seguir de necio pero es necesario creo yo, en un país donde nadie o muy pocos leen y esos que leen muy pocos leen nacionales. Es necesario levantar la voz y protestar como muchos otros lo hemos hecho en distintos blogs y en periódicos, porque para eso lo que sirve a esta aparente democracia: el derecho al berreo. La razón ya es de sobra conocida y hasta cansina tanto por el jurado como para nosotros como lectores y escritores, la declaración de desierto en cuento y novela, pero vamos por partes. Abordemos el jurado, quienes son y qué hacen, de todos ellos quien sabe y conoce de literatura es la señora Dlia Mc Donald y los otros dos me es nuevo su quehacer en la literatura, me refiero a Laurencia Saenz y el otro jurado cuyo jurado se me va el nombre. Laurencia lo qué sé de ella es que escribe en la nación una columna no sé de qué tema porque no leo ese periódico, y tengo entendido es periodista pero hasta ahí a menos que se dé la licencia que por ser periodista y escribir por ende ya es alguien con conocimientos literario; no le conozco poesía, crítica literaria, novela, cuento por esa razón, si lee este artículo la invito a que me envíe si tiene a bien claro está, qué conocimientos literarios tiene, lo digo exento de cualquier halo sarcástico o irónico.  
Ahora bien de Dlia lo poco que sé de ella es que es poeta y narradora, además tiene un blog donde hace, si cabe el término, crítica literaria. Se les ha bordado hasta saciedad y como jurado se han acogido al término inapelable, lo cuál es respetable. Pero a lo que voy es lo siguiente: ¿Qué esperan ustedes como jurado de un país donde nadie o muy poca gente se dedica a la labor literaria? ¿Tienen la arrogancia de poder tomarse a pecho el titulo de jurado y descalificar a portas las obras de muchos escritores, algunos avezados otros jóvenes pero llenos de talento? ¿Acaso sus obras, si es que tienen alguna, les dan un espaldarazo para opinar como lo hicieron? ¿Qué buscan ustedes, pregunto en serio, algún Borges, Joyce, Fante, Marías, Tabucci? ¿En serio buscan eso? ¿O mínimo conocen algunos nombres de los que acabo de mencionar? Su intransigencia es respetable pero no la comparto, siguen ustedes señores dando palos de ciego en un país en que el segundo año se siguen declarando desiertos o dando premios a obras que de verdad dan vergüenza, siendo los máximos galardones en los que un escritor puede aspirar en este país. La maldición perdón mención honorifica de Guillermo Barquero me es un irrespeto total, es pintarle la cara al esfuerzo de Barquero, ya que dicha mención legalmente no existe.
Ni que decir del capitulo de cuento que es el segundo año, óiganme bien, el segundo año que se declara desierto, en donde sin embargo habían claramente dos buenos libros de cuentos como los de Cirus Sh. Piedra y Daniel Garro, a los cuales se dieron el lujo señores de declararlos desiertos, teniendo una calidad aceptable para ser un primer libro y para un medio tan parroquial como el nuestro, tal vez por que como dijo un jurado era violento -supongo que se refería el Circo del Deseo- cuya violencia no veo por ningún lado y el otro que por ser de ciencia ficción no cabe en los paradigmas malditamente establecidos desde hace muchos por personajes como Magón y Aquileo. Temo que algunos, no todos, de ustedes señores del jurado no se dieron a la tarea de leer las obras publicadas, irrespetando al pequeño, minúsculo gremio de escritores de este país, pero a ustedes no les importó.  
El otro premio que si se atrevieron a dar fue a  Lil Picado en poesía, en realidad y acepto mi ignorancia no conozco quién es y por ende su obra. ¿Acaso la obra de Picado es tan buena como la poesía de Linh, Plath, Gelman, Mellarmé? Porque juzgando –tal vez tergiverso el concepto de calidad de ustedes- ese poemario podría estar a la altura de Una Temporada en el Infierno, o La Revolución Solitaria, me imagino que sí hay que el listón de calidad tan alto para la prosa debe entonces también haberlo para la poesía. Ya se ha dicho mucho, hasta la saciedad, simplemente me queda en claro que los jurados literarios vienen a engrosar, año con año, la mediocridad que ya de por sí ostentamos en fútbol, política, y televisión, porque les digo entonces como diría Guns Rose: “Welcome to the jungle”. Acá está mi correo, espero que alguno me diga qué han hecho en su quehacer literario. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

Una opinión lejana

“Algo huele a podrido en Costa Rica, mi querido Hamlet, y no son sus libros”

Escritor Jose Ricardo Chaves

Triste paradoja: en un momento en que la narrativa nacional (cuentos y novelas) goza de muy buena salud en términos de diversificación temática y de estrategias discursivas y lingüísticas, de horizontes ideológicos plurales, de existencia de diversas generaciones de escritores, desde los más veteranos como Alberto Cañas y Carmen Naranjo, hasta los jóvenes de nombres inciertos que comienzan a sacar sus primeros libros, de una floreciente producción editorial a pequeña escala y de iniciativa privada, todo esto y más pareciera que a nadie le importa más allá de los propios involucrados, escritores en primer lugar, algunos lectores de universidad y algunos editores sensibles.

Para el conjunto del país la literatura no existe más que como adorno, en el mejor de los casos, para la sección cultural del periódico (cuando tiene), cinco o seis nombres perdidos entre los nombres que sí importan: los futbolistas, los políticos, las estrellas de cine y televisión.

Cuando hay lectores cultos, leen “literatura latinoamericana”, mexicanos, argentinos, chilenos, peruanos, algún español; entre los autores gringos que leen no puede faltar Paul Auster y entre los europeos Saramago o Coetzee.

Para los menos cultos hay bestsellers de todo tipo (policíacos, políticos, de vampiros) y para los niños hay Harry Potter, todo esto publicado por unas pocas transnacionales editoriales que imponen gustos, autores y modas.

Literatura desconocida. Escasas literaturas latinoamericanas son tan poco conocidas como la costarricense, tanto para propios como a extraños. Que afuera se la desconozca se entiende por unas ciertas particularidades históricas adversas más que por carencia de méritos, pues autoras como Yolanda Oreamuno o Eunice Odio no tienen nada que envidiarle literariamente a nombres famosos y reconocidos.

Que dentro de sus fronteras sus posibles lectores sean ciegos a sus propios autores y obras sí es un problema más serio, vinculado con la educación y la idiosincrasia, pues sin duda esto erosiona el sentido de identidad personal y colectiva como ciudadano y como país, pues la literatura es el campo de batalla más íntimo en que una colectividad a través de sus escritores imagina y debate sus fantasmas y problemas, conforma su historia pasada y la que se hace día a día.

Invisibilización. Declarar desiertas las categorías de cuento y novela por parte de los jurados de los Premios Nacionales en los dos últimos años, o elegir un título mediocre, habiendo otros buenos, es parte de este proceso de invisibilización (¿incivilización?) de la narrativa nacional para los lectores y por los lectores, incluidos en este caso los miembros del jurado.

¿Cómo es posible declarar desierta la categoría de novela en el 2009 con textos de autores como Rodrigo Soto, Virgilio Mora, Fernando Contreras, Myriam Bustos o Rafael Cuevas, por mencionar sólo unos cuantos, y que son de lo mejor de la producción narrativa de las últimas décadas, o del género de cuento, que tenía en su nómina títulos de gente reconocida como Julieta Pinto hasta novedades interesantísimas como la de Cirus Piedra (ganador del premio “Joven Creación” en cuento) y antologías de temáticas novedosas y enriquecedoras como “Posibles futuros”, de ciencia ficción?

¿Cómo fue posible declarar desierta la categoría de cuento en el 2008, año de publicación de libros como los de Virgilio Mora (otra vez) y Louis Ducoudray o de ese excelente “Viajero que huye”, de Uriel Quesada?

¿Cómo fue posible ese mismo año premiar una novela mediocre habiendo textos más importantes como los de Rima de Vallbona, Daniel Gallegos, Marco Retana, Dorelia Barahona o Tatiana Lobo, o uno tan renovador como el de Alexander Obando?

Falta de visión. ¿Qué pasó, jurados, dónde estaban sus ojos y, sobre todo, sus mentes, su sentido crítico, su visión justa y fina de la dinámica narrativa del país?

Sí, como uno de sus soldados rompo lanzas por la narrativa nacional, por nuestra imaginación literaria, esa loca de la casa –en todo sentido– y como don Quijote ataco los molinos de la indiferencia y la falta de visión, que mucha sangre, sudor y tinta se han vertido en casi siglo y medio de narrativa tica desde que Manuel Argüello comenzó a escribir en el siglo XIX, seguido después por Gagini y Cardona y Fernández Guardia y todos los que continuarían hasta la actualidad.

Siento tener que patear el pastel de la complacencia local que se apresta a la mascarada de la entrega de premios de cultura, mientras ningunea olímpica e inmerecidamente a sus narradores.

Ahora que se viven tiempos de elecciones políticas, bueno harían sus aspirantes a puestos culturosos en revisar los lineamientos de los premios nacionales, sobre todo en lo relativo a la elección de jurados, con la idea de que imperen el conocimiento y la sensibilidad y no el dedo burocrático o el amiguismo.

Lo peor del caso no es el efecto desalentador entre los escritores (figura de por sí marginal) que traen decisiones desacertadas como las de los dos últimos años (aunque el asunto viene de más atrás), sino la mala señal que se da, desde una instancia oficial, a los lectores, de que no hay una literatura costarricense valiosa, que no tienen novelas ni cuentos propios que valgan la pena de ser leídos, mucho menos premiados; que sigan, en el mejor de los casos, leyendo libros de fuera y nada más, porque dentro no hay nada y hay que llenar ese vacío con política, fútbol, baile y televisión.

Algo huele a podrido en Costa Rica, mi querido Hamlet, y no son sus libros.


 

fotoguillermobarqueroLas infinitas formas de la trascendencia
Por Guillermo Barquero (recibió mención honorífica en Novela)   

Me iba a quedar callado, pero soy el pato de las fiestas. No me gustan los patos de las fiestas; no me gusta el ridículo; vomito encima de todo lo que rezume estupidez y, cuando estoy en el centro del vórtice, me siento amenazado y amenazante, lleno de una rabia ciega. Aborrezco las amenazas, sobre todo cuando son de ese tipo que repta y se arrastra entre los pies, apenas tocando la piel, produciendo una especie de alergia lenta, que se va manifestando, venenosa, con el tiempo.

Escribo esto sólo como un descargo estúpido que otros más (la santísima trinidad) debieron haber hecho en su momento y de una manera bien meditada y, si eso hubiera sido posible, que demostrara claras convicciones, conocimientos profundos.  

Todo lo anterior es una simple introducción al infierno tan temido de los premios nacionales y la nueva categoría del Premio Desierto con Mención Peyorativa al Menos Malo, lo cual no me había molestado, hasta ahora, al leer estas palabras:

“Es un poco difícil, no hay una fórmula matemática para explicarlo, es un nivel de trascendencia de la obra, de alcance, que a nuestro criterio no tenía”

Con esos términos de omnímoda dadora de vida y de muerte se refirió Laurencia Sáenz a la novela El diluvio universal, que obtuvo el soberbio galardón anteriormente mencionado (el Premio Desierto con...). Igualmente, esas palabras son huecas y fueron hábilmente despersonalizadas por la miembro de este respetable jurado (lo de “nuestro criterio” no es gratuito). Pero, quedó sonando, atronadora, la palabra “trascendencia”, que me parece es fuerte y llega lejos, o pretende saltarse criterios técnicos especializados (bueno, tampoco se le pueden pedir peras al olmo) para descalificar lo que el futuro o el tiempo pueda hacer con una obra o con su halo diabólico. Este término, según consigna la RAE (www.rae.es), tiene varios significados:


  1. Penetración, perspicacia.

  2. Resultado, consecuencia de índole grave o muy importante.

  3. Aquello que está más allá de los límites naturales y desligado de ellos.


Es decir, los estimados, preclaros y altamente especializados miembros del jurado de este Premio Nacional de Literatura consideran que las consecuencias (¿históricas? ¿literarias? No sé, no es el punto) de la novela en cuestión no serán apreciables fuera del tiempo que dure esta bulla inane que se ha armado. Fuera de los límites naturales de este tiempo convulso, serán hojas muertas. Y, bueno, probablemente así sea, o no importa que así sea o no, lo que interesa es que el poder visionario de estos seres a quienes respeto profundamente (y ante cuyo halo esperanzador y su poder divino, enceguecedor, me arrodillo), llega a prever la importancia que en los siglos de los siglos venideros tendrá una obra escrita en un tiempo específico y que fue sometida en un año dado a una evaluación que no habla de tiempos lejanos e imprevisibles ni de consecuencias futuras y menos de gente que barrunta la trascendencia o el alcance de las creaciones literarias del tiempo presente... Hasta acá lo técnico, lo que al final no importa.

Voy a hablar de alcance, de trascendencia (y de todo este tema ridículo), por última vez: antes del texto propiamente dicho de El Diluvio universal, después de la página legal, hay una dedicatoria que reza: “A don Claudio y doña Nery, fulgores en la oscuridad”. Sobra decir que una dedicatoria es un hecho de cierta importancia pero, en este caso, además es necesario mencionar que es un asunto medular, impostergable, que guarda relación con capítulos claves de la obra (lo cual no es necesario saber para leerla). La doña Nery a la que se alude leyó una vez unas de las páginas del manuscrito inicial de esta novela, mucho antes de haberse publicado. Esas páginas fueron escritas en otro lugar pero las copias que iba corrigiendo sí permanecieron algunos días en casa de ella, encima de la mesa del comedor, en una temporada que pasé allí. No esperé que las leyera, pero lo hizo, cuando yo no estaba. Después, sin yo esperarlo, me habló de la pesadumbre que le produjeron, de las lágrimas, de las consecuencias, de los huecos, de los diablos saliéndosele por los ojos movidos por la horripilancia del texto, la profunda tristeza que emanaba. No me habló de técnica ni de verbos ni de ideas; simplemente aludió al vacío, a la desesperanza extrema que salía de lo escrito. Mucho de eso conforma la novela; un pedazo de ella, de doña Nery, un gran trozo fantasmal y omnipresente, es lo único que le da vida y la salva. Eso no es trascender, o no es solo trascender: no se puede calificar a lo que está más allá del más allá (de jurados, de la estupidez, de los patos de las fiestas).


 

Monumento a la petulancia

 Manuel Delgado

 Petulancia. No se le puede llamar de otra manera. Claro que no tuvimos novelas del nivel de Una bendición de Tony Morrison, ni de Indignación de Philip Roth, o Caín de Saramago. Tampoco en 1913 Gide vio en el primer tomo de En busca del tiempo perdido la calidad de La guerra y la paz o Madame Bovary. Rechazó la publicación de la obra que iba a renovar la narrativa  moderna. Años después le decía a Proust en una carta: “¡Ay de mí!” A eso conduce la petulancia.

Pero tuvimos un buen año (dos buenos años) en novela y cuento, especialmente abonados por una frondosa producción joven. Es una narrativa que busca nuevos lenguajes, que a veces (dichosamente) suenan soeces, a veces (afortunadamente) disparatados, pero siempre calados de una búsqueda ansiosa y auténtica.

 Es difícil decir cuál de ellos debió haber ganado el premio de novela o cuento. Nunca he sido jurado, por dicha, pero por razones más bien sentimentales me hubiera inclinado por el superveteranazo Polo Moro, poeta maldito de finales del siglo XX (quien irónicamente llama a nuestro flamante premio como el Aquinoleo), que sigue tan joven como siempre. No obstante, muchos le hubieran dado brillo al premio. Sobre todo, habrían dado testimonio del brío contestatario que debe tener la buena literatura.

 En poesía me hubiera  inclinado por el excelente poemario de Carlos Francisco Monge de la misma manera como el año anterior hubiera preferido a Carlos Cortés.

 Me parece que los premios han llegado a un nivel de abotagamiento y vacuidad que obligan a pensar en importantes reorganizaciones, la primera de las cuales quizá debería ser la de crear una sala de los rechazados. Porque, a pesar de todo, con premios o sin ellos, el talento sigue adelante


La posibilidad de un desierto
Por Juan Murillo

Una bofetada. Un salivazo en la cara.  Un insulto.  Eso es la declaración de desierto en
las categorías de cuento y novela en los premios nacionales, un insulto.   Los jurados,
este año, por lo visto, piensan que ninguna de las obras presentadas merece ser honradas
con el premio.  Ninguna de las 41 obras presentadas merece el premio.  Eso sin contar el
hecho de que el año pasado se desecharon otras 33 al declarar desierta la categoría de
cuento del 2008.  Ninguna de las obras de cuento publicadas en los últimos dos años
merece el premio.  Ninguna de las novelas de este año. ¿Qué esperan los jurados que se
interprete de semejante gesto?  ¿De una decisión que atenta directamente contra el
espíritu con el que fueron creados los premios?

La Ley de Premios (Ley 7345) impone la obligación a los jurados de otorgar el premio a la
mejor obra dada a conocer al público durante el año anterior.   Claramente con "mejor" la
ley se refiere a una comparación entre las obras participantes de ese año.  De modo que
la obligación de los jurados es comprar las obras de ese año y escoger la mejor.

La ley también faculta a los jurados a declarar los premios desiertos, sin aclarar cuando
deberá aplicarse esa excepción a su propósito central.  Pero la facultad de declarar un
premio desierto siempre deberá tener, por la naturaleza misma de la ley (la creación de
premios de cultura), un carácter excepcional.  Sólo hay un motivo por el que se puede
aplicar esta excepción:  que criterios técnicos impidan el otorgamiento (no hay obras
presentadas, o publicadas, en ese género, o todas las presentadas quedan descalificadas
por cuestiones técnicas).  En ese caso la declaratoria de desierto actúa como una
salvaguarda de que las obligaciones de los jurados no se vuelvan imposibles de ejecutar.

Los jurados no pueden interpretar la ley a su antojo.  El otorgamiento de una facultad no
los autoriza a aplicarla fuera del marco general de esa misma ley.  Los jurados no
pueden, por ejemplo, decidir que la comparación de obras en un año dado no será entre las
participantes mismas, sino contra algún canon abstracto de su personal escogencia. 
Tampoco pueden optar por criterios extraliterarios que no apliquen directamente a la obra
para tomar su decisión.  Si a concurso se presentan dos obras, el deber de los jurados se
reduce a evaluarlas y decidir cual es "mejor".   Dicho de otro modo, la facultad de
declarar desierta una categoría no puede basarse en un criterio de que las participantes
no tienen calidad suficiente, puesto que no se está escogiendo la "óptima" (superlativo)
sino la "mejor" (comparativo).  De modo que con sólo estar presentadas, alguna de todas
las obras determina el máximo de calidad relativo a ese grupo (la "mejor").

Más allá de la mala interpretación de la ley está la incomprensión del propósito de los
premios.  En Costa Rica existen, en literatura, pocas instancias de reconocimiento a la
labor literaria.  Este premio es una de ellas.  Se sabe que de la literatura no se puede
vivir, y que la mayoría de las veces los costos exceden los beneficios que produce la
labor literaria.  Se sabe que, en general, la gente prefiere comprar el superventas de
moda que leer literatura escrita por costarricenses.  Se sabe que en la elaboración de
una obra literaria se invierten incontables horas de esfuerzo y pasión.  Se sabe que sin
una literatura propia nuestro medio cultural sería infinitamente más pobre.   Se sabe que
la labor del Ministerio es otorgar el premio y que la de los premios es incentivar la
labor literaria.  Se sabe que la declaratoria de desierto causa tanto daño a las obras
presentadas como al premio en sí mismo. Todo esto es de conocimiento común, y aún así, a
contrapelo de sus obligaciones, haciendo gala de un descuido de deberes y una falta de
sensibilidad descomunales, los jurados deciden, de un plumazo, desechar todas las obras
concursantes en dos categorías y desperdiciar, sí, desperdiciar dos premio este año.

La ley declara las decisiones de los jurados inapelables, pero eso no los autoriza a la
arbitrariedad, ni los exime de dar explicaciones.  Ante semejante gesto de desprecio la
comunidad literaria de Costa Rica no puede menos que exigirle a los jurados una
explicación exhaustiva de su modo de actuar. El daño ya está hecho, ahora que se
expliquen.  Que digan si la intención era insultarnos a todos, si lo que buscan es la
desertificación de la literatura costarricense; o si este acto inédito tiene alguna otra
posible justificación.
revistalaescafandra.blogspot.com/2010/01/aquileo-aquileo-donde-estas-que-no-te.html
Opinión de la jurado Dlia Mcdonald :

 

Actualizado (26 Enero 2010)

 

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