Presentación del libro será este viernes 25 de noviembre a las 7 pm en Galería Olger Villegas en el Centro Cultural e Histórico José Figueres Ferrer en San Ramón.

 

Un poemario que rompe la barrera del lenguaje poético. Un viaje para contemplar la derrota de los imperios y a niños suicidas que matan por amor. El éxodo para sentir un dolor que se confunde con el asco.

 

Las imágenes melancólicas de la cinta del mismo nombre del director Xavier Dolan Se magnifican una y otra vez en el poemario de Gustavo Arroyo.

Amores imposibles, las conexiones que a veces parecen tan difíciles –con las personas, los lugares y las palabras-: el poeta recorre el dolor de crecer, la pérdida de la inocencia, y la frustración de intentar comprenderse a uno mismo entre los espacios que deja el dolor humano.

El autor Gustavo Arroyo siente que su libro Los amores imaginarios es su obra literaria  “más acabado”. En él aborda evocaciones a los temas de la cinta romántica del mismo nombre, dirigida por el canadiense Xavier Dolan.

“Me interesa que sea un prismático donde los conceptos que me deja la película los trato de decir en poemas. La máxima del libro no está dicha, pero la he ido poniendo en los libros al firmarlos: los amores imaginarios son, a veces, los únicos reales”, comentó en el periódico La Nación. El autor destaca entre las virtudes de su obra la capacidad de acercarse a “zonas grises”, mezclar la narración y el ensayo con su propuesta lírica.

Con este poema inicia la parte III del libro que es la que se titula Los amores imaginarios:

Tengo miedo de los amores imaginarios

y más aún de los reales.

Estoy harto de la testosterona aparente

y de los amigos que viven en la casa donde nacieron,

sin ningún respeto por la evolución y la historia.

Me cansé de las lecturas ensayadas

y de la gente que se complace con lo que escribe.

¿Quién dijo que escribir debe llevar a la complacencia,

y no más bien al estrujamiento de las diferentes vidas

que conforman la única que gastamos?

La eterna disyuntiva entre para qué escribir

y por qué no hacerlo.

Escribir para acrecentar el pánico:

he ahí una vena abierta

que juega a acabar las cosas de pronto,

brevemente,

con el apuro de los satélites,

tan superior al de los planetas,

tan inferior al de los electrones.

Acabar las cosas de pronto,

de manera inesperada,

como cuando nos distraemos por un instante

y malogramos la masturbación

que nos entretuvo el cuarto de hora:

un movimiento de más

que echa a perder los trescientos anteriores.

Miedo a ese movimiento,

y al de los ojos que estamos seguros de que nos miran

cuando nos vemos obligados a caminar por la calle.

Miedo a la esquela y al epitafio,

a la posibilidad de que el fruto carnoso

esté infectado en el centro

con el caldo de muchos gusanos,

al aguijón que imprime la abeja

junto a sus entrañas.

Miedo a tener que morir

como única garantía de supervivencia.

Miedo y cansancio,

los dos colores de la bandera de un territorio

que se aproxima a raudales,

en franco desafío

a las coordenadas comunes.

Cansancio de mi olor:

del olor de mis ingles

que, con ayuda de mis manos,

se me ha hecho vicio explorar

en lugares públicos;

del olor de mis manos,

que cuando no huelen a mis ingles

huelen a desinfectante o alcohol;

del olor de mi camiseta,

con el que siempre me encuentro

en la parte más sorda de las madrugadas.

Ante todo y por todo,

miedo de mí,

cansancio de mí.

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